Si me varo en una esquina de espuma imaginada

Dispuesta a continuar con la vida aparcada en su parcelita junto al remoto mar de las cuentas saldadas, encontró que el dedal de hilvanar los recuerdos felices era más pequeño de lo que juraría recordaba. Le procuró unas pocas vueltas entre sus confortables yemas, por aquello de romper la timidez del siempre irrespetuoso y altanero largo tiempo que los había separado, confiando en relajar sus sonrisas y los puntitos bruñidos por cientos de agujas enhebradas con paciencia infinita.
En un descuidado giro del dedal, y lejos de la retina, enfocaba un diminuto e inadvertido grabado que se había pasado años en un intento vano por llamar la atención mordisqueando la uña del anular cada vez que se sentía con ganas de hablar -el maestro artesano dedalista descubrió huyendo de un expositor, en una feria de fantásticas e inimaginadas soluciones a problemas inexistentes, una pequeña máquina de escribir frases sin sentido en lugares inaccesibles, ideal para interiores angostos como sus dedales de delicado diseño-. La curiosidad le picó justo debajo de una arruga responsable de mantener cierta sensación de belleza madura, encendiendo luces en los rincones donde se guardan las referencias de las cosas del diario quehacer y sus sitios de guarda. Apuntando al cajón superior de la alhacena apareció la nota responsable de gafas y otros artilugios de enfoque racional.
Se levantó como nunca, con prisas, avivando el recuerdo de quien le regaló ese dedal en el acantilado de las despedidas juveniles. Al tiempo, se procuraba un huequecito en primera fila una sonrisa portando el retrato de una amistad construida con mimo y tiempo vestido de infinito en un taller de costura clandestina.
Ahora sabía que guardarlo envuelto en tiritas de alcanfor mantuvo el recuerdo quedo, pero con el brillo apagado de las fotografías manoseadas por ojos nublados y carnes acomodadas.
Con el hilo del último pensamiento a punto de nieve, trató de no arrepentirse en exceso, por aquello de abusar lo justito de la bajada de impuestos gubernamental sobre uso irracional de sentimientos de culpa, mientras dirigía sus pasos sin saltarse ninguno.
Égida la buscaba cada día –excepto uno- para, cogidas con los dedos entrecruzados, salir corriendo por el camino de los pertrechos engalanados hacia la oficina escolar, donde el resto de compañeros esperaba con los tuppers abiertos, deseosos de recoger sus risas y felicidad de algodón con las que atiborrarse a la hora del recreo.
La segunda fila de clase era terreno conquistado por la sección femenina y, ocasionalmente, algún idiota despistado. Lo llamaban Estado de Felicidad, gobernado por Égida y seguida por toda una troupe de peinados y vestidos clonados. Recuerda llevar siempre el cartelito de fascinación pegado lo más cerca del corazón que le era posible. Su peinado y su vestido se empeñaban en mantener cierta distancia con la rabiosa moda, por aquello de evitar los mordiscos del desvanecimiento, lo que le valía miradas altaneras y una especie de respeto velado e incomprensible de su amiga, susurrado en el último abrazo de carnes prietas.
Días eternos llenos de horas inabarcables eran tratados sin piedad alguna y sometidos al fragor de risas, carreras, gritos y secretos hasta la extenuación. Solo el hambre, retorciendo las tripas con toda la educación  de mundo, lograba encaminar los pasos contra las pisadas.
-Hasta mañana, ¡oh! reina de vastos territorios inexplorados. –esperaban los días que  musitara Égida como si fuese sal de frutas.
“Por siempre” –deseaba cada atardecer con incrédulos ojos como platos.
Tiempos viejos repletos de vidas nuevas a estrenar, pensó sin pensárselo dos veces.
Cerrando el cajón de la alhacena y con las gafas de ver cogidas por las riendas, solicitaba pista para aterrizaje de emergencia el día que se encontró corriendo con los dedos entrelazados a la extraña sensación de no haber esperado lo suficiente, terminando empotrada contra una algarabía de pupitres sin domar, un manual de instrucciones disecado y Égida… Égida no estaba.
Nada estaba en su sitio, imponiendo su propio desorden para beneficio del desconcierto y la desorientación. Las opciones parecían haberse tomado el día libre y con el coraje no se podía contar tras años bebiendo del ajeno. Bajó los brazos. Dejó caer promesas y sueños sobre una cálida tarima sin desagüe, acabando amontonados en una esquinita de espuma imaginada repleta de ilusiones y quimeras.
El tiempo acudió resuelto, con sabiduría milenaria en curación de todo tipo de heridas, poniendo a su disposición un puñado de fantásticas realidades mundanas con las que empequeñecer expectativas rebeldes, abrazando sueños ajenos de vuelo rasante.
Encerrarse en una formación académicamente correcta salvó los primeros momentos de incertidumbre. Los libros ofrecían su conocimiento inabarcable a cambio de lágrimas sin teñir, en un trueque silencioso, tácito. Sin embargo, un vacío oscuro, frío, impasible, se instalaba en su interior sin apenas llamar la atención.
Escapar hacia delante aparecía como concepto ampliamente aceptado por el conjunto de ciudadanos en una sociedad televisivamente moderna y como primera de las recomendaciones en cualquier consulta de autoayuda que se preciase. Sin más tendencias plausibles, no le resultó difícil pensar que enamorarse de un gratificante trabajo y un bien remunerado matrimonio llenaría ese vacío profundo como la noche de los tiempos…
…hasta que un día perfecto para cambios de rumbo, inflexiones vitales y ajustes de entropía, el tinte de una cana imposible manchó su álbum de recuerdos felices, dando al traste con la pulcra sincronía de esfuerzos vanos por hacer de menos al negro vacío. En ese momento de ese día, se levantó con tal determinación que se asustó. Pero la decisión se había hecho fuerte. El objetivo quedaba marcado. Existía una dueña de su vida y la miraba fijamente desde el espejo.
Pertrechada de paciencia santa, el camino a un abrazo largamente deseado se tornó ligero y luminoso. Égida lloró. Ella lloró. Mientras, la valentía envejecida de la primera bebía insaciable de la bondad abotargada de la segunda, impregnándose ambas de tersa lozanía.
Sentada en el borde mismo de la intriga, recuperó una postura de seria concentración que tenía aparcada en el trastero. Buscaba un haz de luz chispeante, que tuviera el coraje suficiente para hundirse en el fondo del dedal y rescatara suavemente lo que le pareció un trozo de su vida que ya no la necesitaba.
El grabado se hizo visible con una timidez inusitada pero, con la determinación agarrada por la pechera, compartió lo que tantos años atrás debería haberse leído. Un escueto “No mE reteNgAs” acertó a garabatear la pequeña máquina del maestro dedalista, mientras la noche tomaba café con la magia en el reflejo inacabado de un suspiro.
No se sabe si entendió algo. No sé si entendí nada conforme re-escribía los recuerdos de aquella mentira piadosa. Pero no debía ser eso lo importante, pues el dedal de hilvanar recuerdos felices se hizo el despistado, acabando en el cajón desastre de otra vida por descubrir. 

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