Fanzara o el poder de la cultura

por: nosexybot – dic 2016

A poco que se me conozca, se sabe de mi pasión por el paseo lento, observador, de pausada respiración y curiosa mirada, por callejuelas, empedrados y sendas de los pueblitos que se hallan a un tiro, o dos, de piedra de la cama.

La búsqueda del bar del pueblo para salvar la divina obligación con el paladar y dar los buenos días a quien se cruce en el camino, ensancha el alma aferrada a los zapatos de monte.

Este extraño puente de diciembre sirve de excusa perfecta para poner en valor la propuesta de una buena amiga y mejor persona, visita a Fanzara, pueblo de sus largos veranos de infancia.

Con la estrategia afianzada, lo primero será fijar mesa para el descanso matinal a la par que se recuperan las energías consumidas. Fanzara, sabedora de su embrujo cegador, sitúa, con sabiduría ancestral, dos bares de sabor serrano, a las mismas puertas de su mágico encanto. Problema resuelto.

Justo en este punto, cambia absolutamente la tranquila rutina de un paseo por calles cargadas de historia y trabajo, ruido perdido entre el transcurrir de los siglos y miradas llenas de vivencias.

 

Fanzara, como todos los pueblos, lucha por sobrevivir a la cruel llamada de la siempre altiva ciudad. Fruto de esta enconada batalla, surge una idea para atraer población, trabajo, interés. Alrededor del año 2005, se propone la instalación de un vertedero de residuos industriales, incluyendo tóxicos y peligrosos. Una idea de tal magnitud, en plena sierra de Espadán, activó sirenas de alarma en una parte de la población. Sirenas que polarizaron a un pueblo mayor, tranquilo, pausado. En una sociedad con miles de años de historia, informada, culta, con pensamiento crítico, cívica y asertiva, se trataría de un problema a resolver con reuniones densas y constructivas. Como aún faltan algunos siglos para que esto suceda, se instaló en el pueblo una fría guerra entre los defensores del vertedero como su símbolo de progreso y la plataforma ciudadana decidida a preservar el entorno natural protegido, donde sus vidas han florecido durante siglos.

Decidida la nulidad del proyecto por parte del consistorio representante de la voluntad popular, el grupo de vecinos responsable de defender la sierra de impactos industriales perniciosos, se embarca en la idea de rescatar el amable discurrir y la confortable convivencia de un pequeño pueblo, donde la dureza del vivir convierte a los vecinos en amigos solidarios.

Una pequeña y tímida idea se instala en la mente de un par de vecinos empeñados en devolver la sonrisa al pueblo. Pintar un par de murales semiderruidos en el pueblo, con los que fomentar el trabajo conjunto. Para ello, nada mejor que dejarse llevar por el buen criterio de algún artista de eso que llaman “streetart” o artistas callejeros.

Como todas las buenas ideas, crecen y se desparraman sin miramiento. El interés mostrado por una veintena de artistas en una primera andanada de proyectiles artísticos de altísimo nivel, sometidos a unas condiciones impuestas por el colectivo organizador, donde no había un duro a ganar, los artistas convivirían en casas de vecinos compartiendo experiencias y pasiones, dio lugar a dos ediciones más. Desde el centro M.I.A.U. (Museo Inacabado de Arte Urbano), nos comentan su intención de seguir con esta dinámica enriquecedora y unificadora. Un proyecto social para el pueblo se ha convertido en un referente a nivel mundial.

Fanzara se ha transformado. Un pueblo donde pasear por sus calles es como hacerlo por un museo abierto al mundo y al cielo. Sus vecinos han recuperado el orgullo de sentirse parte de un lugar donde su trabajo es admirado. Son amables, accesibles y generosos. Los buenos días se convierten en un torrente de indicaciones para no perder detalle del arte que muestran sus fachadas.

Ser testigo de una hazaña así, donde la cultura ha repartido la sensación de victoria a todas y cada una de las partes y pensamientos, reconduciendo la idea de prosperidad rural a través del arte, la cultura y la convivencia, es mucho más de lo que se espera de un paseo de domingo entre callejuelas estrechas con fachadas de envejecido empedrado.


 

 

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